@ agnasg

Borges, o el porqué una tragavenado no se puede tragar un venado

15-09-2014 7:20 AM

Estaba leyendo con fruición este artículo de BBC – Cultura, llamado Is Borges the 20th Century’s most important writer? (¿Es Borges el más importante escritor del siglo XX?) y no podía salir de mi asombro a medida que avanzaba en la lectura. Al final me quedé con la mirada fija en el infinito, perplejo, triste, nostálgico, disgustado, lacónico y mustio como Lady Honoria Lyndon en la última escena de Barry Lyndon: ¿cómo podía un escritor titular de la BBC apenas sugerir eso? No es que Borges sea malo o no merecedor de alguna mención, es que sería una herejía contra otros escritores de talla eminentemente superior en casi cualquier aspecto imaginable. ¿Cómo colocar a Borges en una lista donde también incluyamos a Kafka, García Márquez o a Hesse?  Es que no me atrevería a hacerlo en una lista con algunos escritores igualmente ingeniosos, quizás, digamos, por ejemplo, como Philip K Dick.

Borges es como uno de esos borrachitos que nos encontramos en los bares, ingeniosos y ocurrentes. Recuerdo que un día estaba con mi cuñado Mauba, y el borrachito de al lado nos insistía una y otra vez que una tragavenado (una anaconda) no se puede tragar un venado. Porque los venados miden 120 centímetros como él pudo comprobar en sus frecuentes travesías científicas por los llanos venezolanos y la culebra con el diámetro más prominente apenas llega a 20 centímetros.  Era imposible. Y mucho menos devorar a un hombre que mide un metro ochenta. Imposible. A todo aquéllo respondíamos  con un “Ajá” porque mencionar las evidencias que se pueden encontrar libremente en youtube estaba fuera de cualquier límite. Pues Borges y sus cuentos nos deleitan de una forma similar. Como cuando éramos niños y veíamos aquéllas películas de Maciste contra Sansón, o Hercules contra Sanson: las mirábamos con la boca abierta y un dedo en el labio inferior, preguntándonos  si los héroes de la antigüedad de verdad hacían todo eso.

Pero quizás se trata simplemente del entusiasmo del converso, o del que por primera vez va al circo. Cuando leí por primera vez a James Joyce me dije cómo era posible vivir sin saber de su existencia. Y me devoré el Ulyses (bueno, las primeras 300 páginas) como si quisiera descubrir los secretos detrás del árbol del conocimiento del bien y del mal. Tardé años en descubrir que era un monumento a la habladera de paja. Y es que ojala al mismo tiempo que nos enseñan a leer y a escribir no enseñaran en el colegio a discernir cuando alguien está hablando paja en particular, estupideces en general o algo sustentable y valioso. Nos ahorraríamos mucho tiempo en nuestras vidas de adulto y seríamos hombres y mujeres más productivos.